RECITAL POETICO


"Casus belli. Recital Ad nauseam”  
(Escritura libre del oficio humano)



DAVID PAREDES RODRÍGUEZ. (Pasto, Nariño, Colombia, 1989).

Actualmente estudiante egresado de la Universidad de Nariño del programa de Psicología, ha participado en varios espacios culturales en los que se encuentra  dispuesta la palabra; esto dijo al pedirle la redacción de su reseña biográfica para este recital: “pero pienso que no hace falta esa reseña. Hasta me he puesto a pensar si hay algo más grande que la vergüenza de leer unos poemas en público. Con tanto buen poeta que hay por ahí... y uno prevaricando en el deber de la seriedad. Si algo ha de decirse que sea: Nacido en San Juan de Pasto, David Paredes Rodríguez. Francamente quiero utilizar pasamontañas.” Esta Reseña puede también ser reemplazada por la respuesta épica que da Charles Manson al preguntarle quien es. 


LUIS ALBERTO PANTOJA. (Pasto Nariño Colombia 1988).

Hijo menor de una familia pequeña, nací y crecí en Pasto, estudiante inconforme de psicología, amante del trabajo clínico psicológico y cualquier desencuentro que genere pretextos para la vida, mal bebedor, mal jugador, mal criado; en los dos últimos años he participado en algunos espacios de lectura de mis textos, desconfiado de mis palabras, exageradamente cuestionado por ellas, cuestionable también, decidí guardar las palabras que escribo aproximadamente a los 15 años, siempre esperando poder quemarlas luego ( ya he quemado algunas), mal lector continuo de libros, fanático de la escritura de Leopoldo María Panero y Alejandra Pizarnik, últimamente mal amigo de Bernardo Soares;  guitarrista maula también de una banda de que nunca toca. 


"Casus belli. Recital Ad nauseam” 
(Escritura libre del oficio humano)

—"Hipólita, corazón amado, ¿qué dices de estas cosas?
¿Comprendes ahora que no hay que ofrendar
El holocausto sagrado de tus primeras rosas
A los soplos violentos que pudieran marchitarlas?

(Mujeres Condenadas, Delfina e Hipólita. Charles Baudelaire)


Siéntanse ustedes bienvenidas y bienvenidos a la ocasión de una mentira cortés.
No parece imaginable la intimidad sin engaño. En consecuencia, si algo nos permite nuestro ataúd hambriento, es pretender lo íntimo, un ladrido apasionado que tiente a las réplicas o fomente colapsos, disturbios o fanfarria, narrar con el mayor pudor posible (agachando la cara si fuese necesario), la carencia después de eyacular, ciertamente resignados por no estar muriendo en esa mancha, Para eso estamos aquí. Prevaricamos el deber de lo cierto, pues no nos cabe duda de que la verdad terminaría por convertir este recital en la transacción insípida y similar al pago de un recibo. Se ha dicho, pues, que lo ofrecido hoy es un engaño concertado, a fin de salvar esta cita a la que poco le faltó para ser virtual. Quizá con toda la seriedad de que era capaz, Sabato advirtió la caída libre del contacto humano hacia un estado patético de ausencia. 
La palabra que intenta decir la verdad, por asco o temor a lo íntimo, es exacta para siervos. De esto se puede deducir que no hay cosa más franca, más pública que un balido cartesiano. Escribió Onetti: “Se dice que hay varias maneras de mentir; pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos. Porque los hechos son siempre vacíos, son recipientes que tomarán la forma del sentimiento que los llene”. Así, pueden ustedes, si apetecen, entender  este espacio como el intento afanado por llenarle las vísceras a un cadáver y sentarse a esperar que se mueva.
Por otro lado, esta propuesta es presunta y efectivamente el disparo al aire de los últimos tiros que nos quedan. Se podrá ver que decimos, no las palabras para saciar a los contertulios que aman la gula, sino aquello que, en lugar de llenura, pretende un efecto contrario, el de la exposición tergiversada de los abismos que nos rodean, al fin, de las grandes mentiras quedará nuestro esqueleto, unas cuantas palabras para decir, el humo, la sobreestimada vida, el amor, lo que no soñamos, los sueños, un rehusarse a decir y encontrarse escribiendo, un odio sordo por las yemas de los dedos, por  los surcos de los ojos que no leen el mundo, por el objeto sin nombre con forma de perro, por la pérdida de todo en las risas, los billetes mal ganados, las ganas de morir no merecidas, saberse siempre cerca y no reposar.  Desnudamos al mundo sin cumplir nuestra parte del trato; tendemos a la realidad sobre las sábanas y renunciamos a continuar; nos quedamos babeando en la puerta del burdel.
¿Qué otra cosa podíamos hacer sino ir de agachas entre la multitud y salir ahora a confesar la zozobra? Si rodó sin reparo la cabeza de quienes, por su buen gusto, humanidad o poesía, debieron haber sido indultados ¿Qué deseo cabe en la estepa infértil, bajo la luna que juega a enloquecernos?, aun así dislocados a voluntad, gozamos imaginado preñarla, para luego ser abortados, o despertarse ahogados por poco más que una veintena de años de historia.
Esta noche presentamos silencios mintiendo que son palabras. Todo esto es equiparable a la defección de un recién nacido. Resulta cómico el cinismo de un bebé que caga sobre el cubrecama de flores o elefantes, pero ¿quién va a limpiar? Por eso, luego de perpetrar la palabra, corremos a estar bajo la falda de nuestras madres. Que salgan ellas a decir la realidad que nosotros, no sin probable cobardía, trocamos por borracheras y confusión. A propósito de esto último, hemos de reconocernos extraviados, totalmente confundidos, sandez por la cual sugerimos a los mencionados contertulios no gastar pólvora en gallinazos. Por lo anterior y por otras cosas que ojalá no nos atrevamos a decir, esta noche mentimos para hacernos presentes, aunque nadie nos haya invitado. Así, con la vergüenza que falta a coroneles, sacerdotes y banqueros, prometemos no reincidir.